El paraíso como madriguera
Oral

Paladeo la locura
si me evoca tu sabor.
En mi boca no hay pudor:
no resisto la ternura

de tu piel perversa. Dura
sobre el filo de mis dientes
el de los tuyos, hirientes
pero dulces. Con tu lengua,

en cada tarde que mengua,
sueñan mis labios, pacientes.

Errata

«Está bien sincerrarse», escribió.
Contesté: «qué atinada tu errata».
Sé que sola en su cuarto rió.
La distancia, si no hiere, mata.

El amigo (décima improvisada)

Intenté regresar pero no pude.
Ocupa ahora mi lugar en esta
tierra desangelada, ya depuesta,
alguien que suele estar donde yo estuve.
Ese señor que usa mi nombre sube
cuando yo bajo y muestra su cordura
intercambiando enfermedad y cura,
como si eso sirviera para algo.
Cuando él trata de entrar es cuando salgo.
Así, pretendo, la amistad perdura.

Azar

Todo es azar. Que esté escribiendo esto,
que lo leas y sin gloria te pase
por al lado o te mueva; eso que hace
que estés viva y que yo esté muerto.

La piel te viste

La piel te viste
y yo te veo
agazapada,
como otra sombra,
frente al espejo.
¿Qué de la noche
te atrae? ¿Cuánto
tiempo estuviste
idolatrando
tu cuerpo inerte,
que hace un momento
formaba parte
del mío? Cuento
cada segundo,
pero no puedo
sumarlos. ¿Sueño
que estás desnuda,
sola, pensando
en cualquier cosa
menos en esto
que te contempla
desde la cama,
con los dos ojos
entrecerrados
por el silencio,
o estoy despierto?
Es imposible,
dicen, leer
mientras estamos
del otro lado
de la vigilia.
La misma suerte
corra, tal vez,
la matemática.
Lo único cierto
es lo que observo,
dormido, alerta,
rendido o muerto:
la piel que viste
tu aire y tu empeño.

Lejos

Te recuerdo. La distancia
no tiene más que un sentido:
el que recorre el olvido
cuando se escapa del ansia.

Mi memoria ya está rancia
de esperarte. ¿Qué salida
me queda, si media vida
la dediqué a conquistarte?

Nunca imaginé ganarte
y te diste por vencida.

Veces

¿Cuántas veces habrán sido comparados
tus dos pechos con montañas, con un bosque
ese sexo que reclama que me enrosque
en sus ramas? No me importa. ¿Cuán besados
fueron tus lunares grises, recatados?
De esa espalda no seré yo el fundador,
ni inauguraré tu cuota de dolor
cuando parta, pero debo ser sincero:
no lo siento; nunca quise ser primero
en las rutas siempre nuevas del amor.

Me ofreciste café

Me ofreciste café. —Aún no bebo
—respondí. Me miraste reír.
—Asumí que sabías transigir,
a esta altura —dijiste. «¿Qué debo
contestarle a tu lengua, ese cebo
que me convierte en presa?», pensé.
Quise escapar, pero te besé.
Conseguiste, así, tu cometido:
esa vez, sin haberlo querido,
terminé probando tu café.

Mentira

Dejaste de creerme. No sé cuándo
pasó lo inevitable. Mi mentira
no tiene piernas breves, pero gira
siempre sobre su eje. Está girando

ahora, en estas líneas, mientras mira
tu cara que comienza a perder forma,
como si se saliese de su horma
la bota que su pie falaz se calza.

Es tanto lo que la verdad se ensalza
que es excepción mucho antes que norma.

Tu (mi) brújula

Tu brújula es mi destino.
Seco un mar para encontrarte,
amor. Quién pudiera darte
la música de este trino
callado, para arrullarte.

(23/5/12)