El paraíso como madriguera
La herida tácita

Me acusás de poeta edulcorado,
de tímido, de genio contenido,
de seductor pacato e inhibido:
de escribir sin estar enamorado. 

Yo me defendería si pudiera,
pero el dedo que hacia mí has dirigido
en un lado del pecho me ha dolido;
si ahí quisiste acertar, fuiste certera. 

Me quedé sin aliento y sin palabras.
Que otras heridas tácitas no me abras.

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